The Attitude of Imperfection

La actitud de la imperfección

Hay una especie de liberación profunda cuando dejamos de intentar hacerlo perfecto. Cuando comprendemos que la perfección no es un horizonte necesario, ni siquiera deseable. Que tal vez la autenticidad —e incluso la belleza— nacen precisamente de aquello que se escapa, que se rompe, que no acaba de encajar.
 
La actitud de la imperfección no es una renuncia. Es una aceptación activa. Una forma de decir: “esto es lo que hay, y así está bien”. Implica confiar en que, aunque el gesto sea irregular o incompleto, puede contener verdad. Y puede conmover.
 
Crear desde este lugar implica soltar un peso. El peso del control absoluto, de la autoexigencia paralizante, del miedo a equivocarse. Y en lugar de eso, permitirse estar en el proceso tal como es: incierto, fragmentario, vivo.
 
En este sentido, resuena con fuerza el concepto japonés de wabi-sabi: una forma de entender el mundo que encuentra belleza en la imperfección, en la simplicidad, en el paso del tiempo. No es solo una idea estética: es una mirada. Una forma de valorar las grietas, las formas irregulares, la materia que muestra sus cicatrices sin ocultarlas.
 
Wabi-sabi nos invita a mirar una taza rota como una pieza llena de vida. A encontrar poesía en una rama torcida. A amar lo que no es simétrico, ni pulido, ni brillante. Y cuando miramos nuestra propia práctica artística con esta mirada, algo se afloja. Ya no hace falta hacer maravillas: hace falta estar.
 
Si tuviera que evocar artistas que representen esta actitud de la imperfección como fuerza creativa, no podría quedarme con uno solo. Quizás el paradigma —por el gesto espontáneo, la palabra medio borrada, la belleza que emerge del caos— sería Cy Twombly. Pero también encuentro esa sensibilidad en Antoni Tàpies, con sus materias abiertas y signos rudimentarios; en Giuseppe Penone, que deja que la naturaleza hable a través del trazo y del tiempo; en Rebecca Horn, con sus máquinas frágiles y rituales imposibles. Y entre los orientales, resuena en la calma gestual de Lee Kang-So, en las tintas silenciosas de Gao Xingjian, o en los dibujos efímeros que el viento traza con Rikuo Ueda. En todos ellos, la imperfección no es defecto: es lenguaje, respiración, escucha.
 
La actitud de la imperfección también tiene que ver con la confianza en el proceso. Con la capacidad de soltar una obra sin terminarla del todo, de no corregir cada irregularidad, de saber que a veces lo más significativo aparece cuando no estábamos intentando hacerlo “bien”. Es en esos momentos de desequilibrio donde a menudo se abre una grieta para la expresión más honesta.
 
No se trata de renunciar a la calidad ni al criterio, sino de entender que no todo debe estar pulido. Que la belleza puede nacer de lo rugoso, lo disperso, lo incierto. Y que tal vez, cuando vemos una pieza y reconocemos la mano de quien la ha hecho, con sus dudas y vacilaciones, conectamos más profundamente que con algo perfectamente acabado.
 
La imperfección nos humaniza. Nos vuelve más cercanos. Más reales. Y en un mundo que a menudo premia la apariencia, cultivar esta actitud es también un gesto de resistencia.
 
Aceptar la imperfección —en la obra, en el proceso, en uno mismo— es aceptar que somos parte de la vida. Y la vida, como el wabi-sabi, no es perfecta. Pero es profunda. Y, si sabemos escucharla, de una belleza infinita.
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