The Desire to Understand

El deseo de comprender

Entre todas las actitudes creativas, hay una que nos invita a ir más adentro: el deseo de comprender. No es una sed de control, ni una necesidad de explicarlo todo, sino una apertura sincera hacia aquello que nos fascina y todavía se nos escapa.

Ese deseo es como una pregunta que nunca termina. No busca respuestas inmediatas ni conclusiones definitivas. Es más bien un movimiento que nos mantiene vivos, una mirada que quiere penetrar un poco más, acercarse al misterio con respeto.

Crear desde este deseo es reconocer que toda obra es también una forma de búsqueda. Que detrás de un trazo, de un gesto, de una decisión siempre está la voluntad de entender mejor algo: una emoción, un recuerdo, una relación con la materia, o incluso con uno mismo.

El deseo de comprender no es impaciente. Sabe convivir con la lentitud, con los silencios, con los caminos que se bifurcan. A veces lo que descubre no es lo que buscaba, pero eso no le resta valor. Al contrario: es precisamente en esa desviación donde se abre el terreno inesperado de la creatividad.

No es un deseo de poseer el conocimiento, sino de dialogar con él. Una forma de humildad que reconoce que hay cosas que nunca se dejan atrapar del todo, pero que merece la pena acercarse igualmente. Como quien lee el mar: sabiendo que nunca lo entenderá por completo, pero que cada ola revela una parte de su lenguaje.

En el arte, ese deseo es lo que nos hace volver, una y otra vez, a la misma forma, al mismo color, a la misma pregunta. No para repetirnos, sino porque sabemos que cada acercamiento abre una nueva ventana.

Un ejemplo de esta actitud lo encontramos en la obra del pintor chino Chu Ta (Bada Shanren)  1626-1705 (*). Tras perderlo todo con la caída de la dinastía Ming, su pintura se convirtió en un camino de búsqueda silenciosa. Sus peces, pájaros y flores, pintados con trazos sencillos y llenos de vacío, no buscan describir, sino comprender lo esencial e intangible. En sus obras hay misterio, ironía y un silencio profundo que no ofrece respuestas, pero invita a otra manera de mirar.

El deseo de comprender no se agota. Es inagotable, porque el mundo es inagotable. Y quizá lo más valioso no sea llegar a entenderlo todo, sino habitar este camino, esta búsqueda que nunca acaba.

(*) Hay un libro de François Cheng sobre Chu Ta, Le génie du trait, publicado por Éditions Phébus. Está en francés y por el momento desconozco si ha sido traducido a otros idiomas.

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